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Norah Lange

Retrato de Norah Lange por Alejandro Sirio. Se publicó junto a un poema de Norah Lange llamado Para un niño que ha de nacer.
Fragmento de Personas en la sala - 1950
Libros de Norah Lange en www.ayconstanza.com

“Mi cuarto de pronto se iluminaba y el resplandor de los relámpagos invadía los rincones, dejándolos separados y distintos. Yo los vigilaba, los esperaba, procurando pasar inadvertida para que nadie me pidiera que cerrase las persianas. Con los ojos bien abiertos, sin pestañear, los veía estremecer las sombras, rayar el cielo con sus temblorosas verticales, para quedarse, unos instantes, detrás de mis ojos. Si ellas me hubiesen visto mientras recogía la mayor cantidad posible de relámpagos para que durasen unos segundos más detrás de mis ojos, tal vez me hubieran dicho que es inútil luchar contra el destino, porque al rato, alguien me preguntó si me animaba a cerrar las persianas que daban a la calle. Yo me levanté irritada. Me disgustaba que se cerrara la casa. Siempre me pareció necesario contemplar una tormenta. Pero esa vez no tuve tiempo de enojarme porque me olvidé de todo y nadie advirtió que la calle, así, de pronto, sin ningún aviso, sin tumulto, sin caballos muertos, sin llamadores que golpean a media noche ni un grito solo a la hora de la siesta, había comenzado para mí.
Me dirigí despacio al sillón que se hallaba a oscuras. Recuerdo que al pasar me vi reflejada en el alto espejo de la consola, en el preciso instante en que un relámpago con su silencio agobiante enloquecía a las sombras. Ignoro por qué me gustó ese espectáculo de mí misma reflejada en el espejo, arrojada al espejo por un relámpago. Cuando se apagó el espejo abrí la ventana esperando la inundación blanca de un rayo. Pero sólo sucedió un trueno que hizo temblar los objetos de la vitrina. Mi árbol preferido se agitaba y me pareció menos árbol. Ya iba a estirar el brazo para cerrar la persiana cuando me atrajo una ventana iluminada en la casa de enfrente. Me avergonzó un poco cerrar las persianas si su luz llegaba a la calle, valientemente. Retiré la mano, cerré la ventana y permanecí espiando detrás de las cortinas. Y fue en ese momento –como si todo se hubiese preparado para que acudiese al encuentro de mi señalado destino- cuando las vi por primera vez, cuando comencé a mirarlas, y, mientras las miraba, recorriendo largo rato las tres caras alineadas –una apenas más elevada que las otras-, me pareció que mi mano sostenía, en abanico –como cuando se juega a las cartas-, el pálido trébol de sus rostros.”

Busto de Norah Lange por María Carmen de Aráoz Alfaro.
Retrato de Norah Lange por Ernesto Scotti.


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