martes, 4 de febrero de 2014

El juguete rabioso de Roberto Arlt


Originalmente titulada La vida puerca y renombrada por sugerencia de Ricardo Güiraldes como El juguete rabioso, Arlt logra publicar su primera novela en el año 1926, luego de que resultara ganadora en un concurso literario organizado por la Editorial Latina. Previamente, la novela había sido rechazada por Elías Castelnuovo, quien dirigía la colección Los Nuevos de la editorial Claridad. Los motivos del rechazo esgrimidos por Castelnuovo fueron contundentes: “El libro de cuentos que me trajo, pese a su fuerza temperamental, ofrecía innumerables fallas de diversa índole, empezando por la ortografía... siguiendo por la redacción y terminando por la unidad y coherencia del texto. Le señalé hasta doce palabras de una sinuosidad insultante... Tiene que trabajar más. La presentación, las formas sintácticas no se ajustan a la idea que tiene  esta colección.”[1]
Lejos de sentirse desalentado, Arlt continúa buscando un editor para su primera novela hasta que, gracias a los buenos oficios de su amigo Conrado Nalé Roxlo, consigue una entrevista con Ricardo Güiraldes, un escritor vinculado a las vanguardias y a la revista Proa. Arlt le lee su novela a ese hombre amistoso y amable quien termina interesándose por el texto. Gracias a él logra publicar en Proa dos capítulos: “El poeta parroquial”, que no formó parte de la edición definitiva de la novela y “El rengo”. Posteriormente, con motivo del certamen literario antes mencionado, Güiraldes le sugiera a Arlt que presente su novela, la que finalmente obtiene el primer premio.
            El juguete rabioso aparece en el panorama literario argentino enmarcada dentro de nuevos fenómenos que se produjeron durante las primeras décadas del siglo XX: un proceso de modernización mediante el cual Buenos Aires dejó de ser la gran aldea para convertirse en una ciudad populosa y la incorporación de una inmigración masiva, tanto externa como interna. Estos dos fenómenos, entre muchos otros, dieron lugar a una nueva corriente literaria denominada narrativa urbana. La emergente ciudad moderna se convierte en uno de los grandes temas literarios para la narrativa del siglo XX, y la novela de Arlt constituye un texto señero en este sentido.
            La novela se divide en cuatro capítulos. El primero, denominado “Los ladrones”, presenta, en primer lugar, al zapatero andaluz que inicia a Silvio Astier en su gusto por la literatura de bandoleros, con cuyos personajes el protagonista se identifica. Prosigue el capítulo con las peripecias de Astier junto a un grupo de jóvenes ladrones con quienes forma el Club de los Caballeros de la Medianoche, una sociedad secreta cuyo máximo delito será el robo de una biblioteca escolar.
            El capítulo dos se denomina “Los trabajos y los días”, y en él se relata las andanzas de Astier como empleado de una librería ubicada en el centro de Buenos Aires, sobre la calle Lavalle, cuyo dueño es un inmigrante italiano llamado don Gaetano, un ser abyecto, avaro y menospreciado por su propia esposa delante de los clientes del negocio. Este capítulo culmina con el intento de Astier de incendiar la librería de su patrón, ámbito en donde desarrolla un trabajo humillante.
            El tercer capítulo, “El juguete rabioso”, narra el fracaso del protagonista en su intento de ingresar como aprendiz de mecánico en la Escuela Militar de Aviación de El Palomar. Aquí se desarrolla una de las mayores paradojas del texto, ya que dicho fracaso se debe, no a la incapacidad de Astier para acceder a dicho puesto, sino a que su perfil se encuentra por encima de los requerimientos que dicha posición exige. El capítulo continua con la descripción del encuentro entre Astier y un homosexual en la habitación de un hotel de la calle Lavalle y concluye con el intento de suicidio del protagonista.
            El último capítulo de la novela denominado “Judas Iscariote”, narra la traición al Rengo, personaje, este último, que había tramado un robo en complicidad con Astier y es delatado por éste antes de la consumación del delito. 

Los delitos

            En el capítulo I la actividad delictiva de Astier y sus camaradas constituye la temática principal. Dicha actividad delictiva se desarrolla en un gradación que va de menor a mayor. Así, la actividad por la cual sobresale uno de los integrantes del Club de los Caballeros de la Medianoche, Enrique Irzubeta, es la falsificación, y uno de sus mayores logros fue haber engañado al dueño de una fábrica de caramelos que prometía premios a quienes presentaran la colección completa de banderas que se encontraban en la envoltura interior de cada caramelo. Irzubeta logra una buena falsificación de la bandera de Nicaragua (la más difícil de conseguir) y ganar un fusil de aire comprimido.
            Estimulados por este primer éxito, las andanzas de Astier y sus compañeros comienzan a transitar por derroteros muchos más arriesgados y, así, se lanzan a saquear las casas deshabitadas que se ofrecían para alquilar: “Una vez que nos habían facilitado las llaves, con objeto de conocer las condiciones de habitabilidad de las casas en alquiler, salíamos presurosos. Aún no he olvidado la alegría que experimentaba al abrir las puertas. Entrábamos violentamente; ávidos de botín recorríamos las habitaciones tasando de rápidas miradas la calidad de lo robable.”[2]
            El progresivo éxito los anima a arriesgar aun más y, Astier, Irzubeta y Lucio, se lanzan a un plan mucho más ambicioso: el robo de una biblioteca de una escuela. Pero, en esta ocasión, el éxito no se les brinda tan plenamente como en los intentos anteriores. Mientras saquean la biblioteca del colegio, el cuidador de la misma aparece merodeando por el lugar, y los ladrones no son descubiertos in fraganti debido a la borrachera de aquél. Sin embargo, el mayor problema se les presenta cuando, luego de abandonar la escuela con el botín, Irzubeta se aparece repentinamente en la casa de Astier luego de huir por milagro de la policía. La buena fortuna de Los Caballeros de la Medianoche parece haberlos abandonados.

Los humillados

            La humillación es la temática dominante del segundo capítulo de la novela. La humillación se produce no solamente sobre Silvio Astier, sino también sobre el otro personaje clave del capítulo: don Gaetano, el dueño de la librería en donde el protagonista consigue emplearse.
            Hay tres momentos claves en los cuales Astier es víctima de la humillación. El primero de ellos es en ocasión de su primer día de trabajo con el librero italiano, con quien concurre al mercado. Silvio debe acompañarlo llevando una canasta. A poco de andar por las calles de aquel Buenos Aires céntrico, Astier siente sobre él las miradas socarronas de los transeúntes con quienes se cruza: “Un dandy a quien rocé con la cesta me lanzó una mirada furiosa; un rubicundo portero uniformado desde temprano con magnífica librea y brandeburgos de oro, observóme irónico, y un granujilla que pasó, como quien lo hace inadvertidamente, dio un puntapié al trasero de la cesta, y la canasta pintada de rojo rábano, impúdicamente grande, me colmaba de ridículo.”(pag. 52-53)
            Un segundo momento de humillación para Silvio Astier es cuando doña María, la esposa de don Gaetano, abandona a su marido y le ordena a Miguel y a Silvio que la acompañen a la casa de su hermana que vivía en Callao y Viamonte, cargando todo tipo de objetos: “Avergonzado, pensaba en la traza de pícaro que tendría; y para colmo de infortunio como pregonando su ignominia los cubiertos y platos tintineaban escandalosamente. La gente se detenía a mirarnos pasar, regocijada con el espectáculo. Yo no detenía los ojos en nadie, tan humillado me sentía, y soportaba, como la mujer gorda y cruel que rompía la marcha, las cachufletas que nuestra aparición provocaba.” (pag. 68)
            El tercer momento de humillación es cuando le dieron un cencerro para que se pusiera a hacerlo sonar en la puerta de la librería para atraer clientes: “Me dieron una campana, un cencerro. Y era divertido ¡vive Dios! Mirar un pelafustán de mi estatura dedicado a tan bajo menester. Me estacionaba en la puerta de la caverna en las horas de mayor tráfico en la calle, y sacudía el cencerro para llamar a la gente, para hacer volver la cabeza a la gente, para que la gente supiera que allí se vendía libros, hermosos libros...” (pag. 74)
            Don Gaetano también es víctima de la humillación. Doña María, mujer dura, fría, cínica. “blanca y gorda” según la calificación del propio Astier, le vocifera las frases más humillantes y los reproches más bajos y sórdidos cuando ambos se trenzan en violenta discusión. Así ella no tiene ningún pudor en decirle cosas tales como: “Yo te levanté... ¿Quién era tu madre... sino una ‘bagaza’ que andaba con todos los hombres? ¿Qué has hecho de mi vida vos...? [...] Sí, ¿quién te sacó el hambre y te vistió...? Yo, ‘strunso’..., yo te di de comer [...] Si yo fuera diferente, si anduviera por ahí vagando, viviría mejor... estaría lejos de un marrano como vos.” (pag. 59-60)
            Pero el mayor momento de humillación que le propina a su esposo, se produce delante de los clientes de la librería. Mientras don Gaetano atendía a un hombre que pretendía comprar un libro, ella le dispara impiadosamente: “No le haga caso, señor, ¿no ve que es un napolitano ladrón? [...] Le pide veinte pesos por un libro que costó cuatro.” (pag. 60)

Los fracasados

            En el tercer capítulo, el tema dominante es el fracaso, que también alcanza a dos personajes: A Silvio Astier y al homosexual.
            Desde su llegada a la Escuela de Aviación de El Palomar, Astier procura constantemente demostrar todos sus saberes. Al primer oficial con el que se encuentra, le explica el funcionamiento de dos invenciones suyas: el señalador automático de estrellas fugaces y la máquina de escribir lo que se le dicta. Posteriormente, al capitán Márquez le dibuja y explica el diseño de su cañón de trinchera. En ambos casos, Astier recibe el reconocimiento de su talento por parte de los militares y el incentivo para que se perfeccione en su estudio. Astier vislumbra entonces una oportunidad para él, la que le permitiría ser alguien y abandonar aquella vida de miserias y de carencias que llevaba. Sin embargo, todas sus esperanzas se derrumban cuando le comunican que es dado de baja: “Vea, amigo, el capitán Márquez me habló de usted. Su puesto está en una escuela industrial. Aquí no necesitamos personas inteligentes, sino brutos para el trabajo.” (pag. 95)
            La crudeza del anuncio junto con los reproches materno que en el imaginario de Astier se suceden ininterrumpidamente, le provocan un desconcierto que lo hace deambular sin destino. Incapaz de enfrentar a su madre y a su hermana Lila por su fracaso en la escuela de aviación, decide alojarse en un hotel miserable de la calle Lavalle en donde comparte una habitación con el otro personaje fracasado del capítulo: el homosexual, quien le confiesa a Astier sollozando: “¿Por qué no habré nacido mujer?... en vez de ser un degenerado... sí, un degenerado... hubiera sido muchacha de mi casa, me hubiera casado con algún hombre bueno y lo hubiera cuidado... y lo hubiera querido... en vez... así... rodar de ‘catrera’ en ‘catrera’, y los disgustos....” (pag. 104)

Los traicionados

            El título del cuarto y último capítulo (Judas Iscariote), nos adelanta el tema del mismo: la traición. Del mismo modo que los capítulos dos y tres, tenemos aquí dos personajes víctimas de una traición. El primero es el Rengo. Con esta traición se cierra el aprendizaje de Astier sin lograr su integración a esa sociedad que permanentemente lo expulsa. Traiciona a su cómplice delatándolo ante el ingeniero Vitri, pero éste luego le pregunta los motivos por los cuales ha traicionado a su amigo. Es que, a pesar de haberle hecho un gran servicio, Astier es, ante los ojos de Vitri, un traidor y, en consecuencia, es tanto o más deleznable que un ladrón. Aquí se produce, según mi lectura, la segunda traición: la de esa burguesía a la que Astier aspira a integrarse constantemente. A pesar de haber defendido los intereses de uno de sus miembros, esta se niega a aceptarlo en su seno. El traidor termina así, traicionado; análogamente, en el capítulo dos el humillador (don Gaetano) termina siendo humillado (por doña María).
            Así como en este último capítulo el rechazo a la integración social de Astier se debe a una valoración negativa – es un traidor -, en el capítulo tres, el rechazo obedece a una valoración positiva – es demasiado inteligente para ser alumno de la escuela de aviación -.

Los inmigrantes

            El crecimiento de Buenos Aires durante las dos primeras décadas del siglo XX, fue espectacular, y el principal agente responsable de este crecimiento fue la inmigración europea. La ciudad se transforma vertiginosamente, y la pequeña aldea del siglo anterior, es ahora un gran centro urbano en el cual la mezcla cultural se percibe a la vuelta de cada esquina.
            Este fenómeno no pasa desapercibido en la primera novela de Arlt y veremos, a lo largo del texto, el desfile de una mitología producto de este proceso de inmigración masiva. Españoles, italianos, franceses, judíos, aportan a la novela sus culturas, sus conflictos y hasta sus propias maneras de hablar. Así tenemos, en el inicio del libro, al zapatero andaluz; a don Gaetano, el librero napolitano que le ofrece al protagonista un trabajo en su negocio; el matrimonio judío Josías Naidath y Rebeca que aparece en el capítulo tres y, finalmente, otro italiano, Monti, para quien Astier trabaja a comisión vendiendo papel. Además de los nombrados, aparecen otros tales como el alsaciano Grenvillet, quien le alquila la vivienda a la familia Irzubeta y la francesa que vive en la calle Charcas a quien Silvio le lleva unos libros.
            Cada uno de estos personajes inmigrantes lo inician a Astier en algún aspecto determinante de su vida. El zapatero andaluz lo inicia en el gusto por un determinado tipo de literatura: “Cuando tenía catorce años me inició en los deleites y afanes de la literatura bandoleresca un viejo zapatero andaluz que tenía su comercio de remendón junto a una ferretería...” (pag. 7) La mujer francesa de la calle Charcas lo inicia en el deseo sexual. El recuerdo de aquel beso como propina hace surgir en él “el deseo de mujer”, un deseo que lo llevaría a hacer “las cosas más ignominiosas y las cosas más dulces.”
            Rebeca Naidath, “judía avara y sórdida”, también cumple un rol determinante en la vida de Astier. Es ella quien va a su casa y le muestra el diario en donde está publicado el aviso en donde se piden aprendices para mecánicos de aviación en la escuela de El Palomar, el lugar en donde Silvio tendría la oportunidad para desarrollar sus talentos.
            Finalmente, en el último capítulo aparece Monti, otro italiano para el cual trabajó Astier. El es quien lo inicia en el oficio de vendedor: “Hay que ser constante. Toda clase de comercio es así. Hasta que a uno no lo conocen no quieren tener trato. En un negocio le dicen que tienen. No importa. Hay que volver hasta que el comerciante se habitúe a verlo y acabe por comprar. Y siempre ‘gentile’, porque es así...” (pag. 113)
            La inmigración también aporta sus conflictos al texto que se desarrollan a través de historias sórdidas, con una fuerte carga dramática expresada a través de la violencia, tanto verbal como física. Así doña María se explaya sobre su esposo don Gaetano, con una verborragia imparable, con una sucesión de insultos, cada uno más procaz que el otro. El cuadro se completa con doña María arrojándole los libros a don Gaetano delante de los clientes.
            En el capítulo tres, nos encontramos ante otro conflicto, el del matrimonio judío Naidath. Escenas conyugales cargadas de violencia atraviesan el texto. Josías arroja la comida que su esposa Rebeca le prepara junto con toda la vajilla y echa de la  casa a su hijo Máximo luego de enterarse de que había comprado un arpa luego de apropiarse de un dinero que le pertenecía.
            Todos estos personajes se muestran incapaces de resolver sus conflictos sin violencia, de una manera racional.

La ciudad

            En el inicio de la novela la acción se sitúa en un lugar bien preciso, en el comercio del zapatero andaluz ubicado “... en el zaguán de una casa antigua en la calle Rivadavia entre Sud América y Bolivia.” Este barrio presenta marcas que lo vinculan con lo rural. Así cuando Astier e Irzubeta acuerdan que este último falsificará la bandera de Nicaragua, leemos: “Así quedó cerrado el trato en la vereda de la calle, una calle sin salida, con faroles pintados de verde en las esquinas, con pocas casas y largas tapias de ladrillo. En distantes bardales reposaba la celeste curva del cielo, y sólo entristecía la calleja el monótono rumor de una sierra sinfín o el mugido de las vacas en el tambo.” (pag. 10)
            En el segunda capítulo el escenario predominante es el centro de la ciudad, con todos los signos de la modernidad de las primeras décadas del siglo XX. Mientras Astier se va de la librería de don Gaetano junto a doña María, describe lo que va viendo durante su penoso andar: “Eran las siete de la tarde y la calle Lavalle estaba en su más babilónico esplendor. Los cafés a través de las vidrieras veíanse abarrotados de consumidores; en los atrios de los teatros y cinematógrafos aguardaban desocupados elegantes, y los escaparates de las casas de moda con sus piernas calzadas de finas medias y suspendidas de brazos niquelados, las vidrieras de las ortopedias y joyerías mostraban  en su opulencia la astucia de todos esos comerciantes halagando con artículos de malicia la voluptuosidad de las gentes poderosas en dinero.” (pag. 68)
            En el capítulo tres, la acción se desarrolla en dos escenarios bien distintos. El primero de ellos, ubicado en las afueras de Buenos Aires, concretamente en El Palomar, a donde Astier concurre con la esperanza de ingresar como aprendiz de la escuela de aviación. Las descripciones del paisaje vuelven a mostrar un ámbito marcadamente rural: “El viento removía los follajes resecos de los eucaliptus, y recortándose en los troncos y los altos hilos del telégrafo, silbaba ululante. Cruzando el fangoso camino, palpando los alambres de los cercos, y cuando lo permitía la dureza del terreno rápido, llegué al edificio que el viejo ubicara a la izquierda con el nombre de Casino.” (pag. 84-85)
            Luego la acción vuelve al centro, más precisamente al ámbito portuario en donde Astier intentará suicidarse: “Caminaba alucinado, aturdido por el incesante trajín, por el rechinar de las grúas,  los silbatos y las voces de los faquines descargando grandes bultos.” (pag. 106-107)

           Y en el medio de toda esa maraña de ruidos, gritos y máquinas, Astier se siente como un ser carente de esperanzas: “La visión de las enormes chimeneas oblicuas, el desarrollarse de las cadenas en las maromas, con los gritos de las maniobras, la soledad de los esbeltos mástiles, la atención ya dividida en un semblante que asomaba a un ojo de buey y a una lingada suspendida por un guinche sobre mi cabeza, ese movimiento ruidoso compuesto del entrecruzamiento de todas las voces, silbidos y choques, me mostraba tan pequeño ante la vida, que yo no atinaba a escoger una esperanza.” (pag. 107)
            En el último capítulo entramos nuevamente en el suburbio. Allí Astier desarrolla su oficio de vendedor de papeles para comercios: “Por las chatas calles del arrabal, miserables y sucias, inundadas de sol, con cajones de basura a las puertas, con mujeres ventrudas, despeinadas u escuálidas hablando en los umbrales y llamando a sus perros o a sus hijos, bajo el arco de cielo más límpido y diáfano, conservo el recuerdo fresco, alto y hermoso. Y más y más me embelezaba la cúpula celeste, cuanto más viles eran los parajes donde traficaba. Recuerdo... ¡Aquellos almacenes, aquellas carnicerías del arrabal!” (pag. 106-107)
            Y a este barrio arrabalero, en donde se encuentra el mercado en el cual Astier vende su mercancía, se le antepone el barrio burgués, tranquilo, con casas en cuyo interior resuena un piano y de cuyos jardines se desprende una fragancia a rosal: “Las aceras estaban sombreadas por copudos follajes de acacias y ligustros. La calle era tranquila, románticamente burguesa, con verjas pintadas ante los jardines, fuentesillas dormidas entre arbustos y algunas estatuas de yeso averiadas.” (pag. 142)


[1] Omar Borré; Roberto Arlt, su vida y su obra; Planeta; Buenos Aires; 1999; p. 107
[2] Todas las citas de El juguete rabioso pertenecen a la edición de Losada, Buenos Aires, 1958 

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