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Vampiros en la mitología de la tristeza o Del exilio dentro de la misma casa (Tango novelado) de Edgardo Lois

Vampiros en la mitología de la tristeza o Del exilio dentro de la misma casa (Tango novelado)
de Edgardo Lois
EJEMPLAR DEDICADO Y FIRMADO POR EL AUTOR EN 2003
Papeles de Boedo - Argentina - 2003
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El fuego y los relatos nacieron simultáneamente. ¿Cómo forjar una historia sobre los orígenes del mundo sino con la cara iluminada por el resplandor de la fogata primera que ahuyentó a las fieras y, en la fría noche, les dio calor a los hombres?
Seguramente por eso, en este tango novelado de Edgardo Lois –que redoblando la apuesta del mito no narra sólo el origen de un mundo, sino del mito mismo– uno de los personajes clave lleva en su nombre el eco del fuego primordial disfrazado de modestia tanguera. Primus. Hugo Primus, se llama. Y en su apellido confluyen la nobleza solemne del latín (primus: el primero, el fundador) y la humilde llamita del calentador a querosén, del mítico Primus cuyo fuego forjó historias de tango y, en la pieza del conventillo, ahuyentó al fantasma del frío y la pobreza.
También el narrador de historias tiene un nombre emparentado con el fuego. Se llama Luis Lacre y su apellido evoca el antiguo sello que garantizaba con su mancha de sangre que los mensajes que llegaran sólo fueran leídos por su auténtico destinatario.
Juan Bara, el tercero de los personajes que completa la coreografía de este tango, no lleva en su nombre la marca del fuego primordial. Pero su exilio en una esquina de la ciudad es no sólo una herencia familiar –su propio abuelo se había exiliado en la piecita del fondo– sino también la herencia del nomadismo del hombre primitivo, que no conociendo aún la generosidad de la tierra, se dedicaba a caminar persiguiendo las estrellas.
Nos encontramos pues, ante una cosmogonía engendrada por tres demiurgos chiquitos y esmirriados, por tres personajes porteños que protagonizan una divina trinidad lunfarda.
Para cumplir con su ígnea tarea de forjadores, sin embargo, Lacre y Primus no requieren de encendidos parlamentos públicos. Su ámbito natural es la sociedad secreta. Esta sociedad secreta recuerda la que formaron ciertos oscuros personajes de Roberto Arlt. Y también evoca el particular Club de los suicidas, de Robert Louis Stevenson. ¿Qué otra forma más cabal puede existir para sabotear un orden instituido que la conspiración?- Mónica López Ocón

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