jueves, 7 de noviembre de 2013

La muerta enamorada de Theophile Gautier

La muerta enamorada
de Theophile Gautier
Prologo de Gervasio Pineda 
NEED - Argentina - 1998

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El párroco Romualdo, ya con sesenta y seis años de edad, narra a otro sacerdote una historia de su juventud, que el propio Romualdo califica de «singular y terrible», y de la que no está seguro de si fue un sueño o realidad.
Retrotrayéndose a la víspera de su ordenación como sacerdote, Romualdo cuenta cómo había vivido por completo ignorante del mundo exterior y cómo no había nada más excelso para él que la vida religiosa.
Sin embargo, al acudir a la ceremonia de ordenación, queda prendado de una misteriosa y bella mujer, quien le lanza una mirada tan hipnótica que hace escuchar a Romualdo su súplica para que no lleve a cabo su ordenación y sea suyo. Romualdo desea rehusar el sacerdocio, pero se muestra incapaz, pese a todos sus esfuerzos, de realizar su propósito, y cumple mecánicamente con los pormenores del sacramento.
Cuando se dispone a abandonar la iglesia, la misteriosa mujer lo aborda y le reprocha lo que ha hecho. Al poco, un paje entrega al recién ordenado sacerdote una cartera que contiene únicamente dos hojas de papel con estas palabras: «Clarimonda. Palacio Concini».
Obsesionado por volver a ver a Clarimonda, Romualdo muestra un extraño comportamiento que inquieta a su patrono, el abad Sérapion, quien le conducirá, al día siguiente, a la parroquia asignada al nuevo sacerdote. Una vez instalado como párroco, Romualdo es requerido para oficiar un servicio fúnebre para una gran dama que resulta ser Clarimonda. Creyéndola muerta, no resiste la tentación de besarla en los labios. Pero, para su sorpresa, Clarimonda responde al beso, y anuncia a Romualdo que volverán a verse.
Poco tiempo después, y durante los siguientes tres años, Romualdo recibe cada noche la visita de Clarimonda, quien se lo lleva con ella a Venecia para que sea su amante. Así sucede, pero cada día, el sacerdote vuelve a despertarse en su parroquia, para volver por la noche al encuentro de Clarimonda. Romualdo no es capaz (ni llegará a serlo nunca) de saber si todo cuanto vive es realidad o ensoñación. El abad Sérapion le previene contra Clarimonda, que resulta ser una vampira, pues se sirve de la sangre de Romualdo para mantenerse viva, tal como el sacerdote descubre una noche, al no beber un vino narcotizado que ella le había preparado.
No obstante, Romualdo continúa amando a Clarimonda, por lo que el abad Sérapion termina por obligarlo a contemplarla en su ataúd: Sérapion abre la tumba de la vampira y rocía el cuerpo con agua bendita, reduciéndolo a polvo. Esto, sin embargo, no basta para destruir a Clarimonda, quien, furiosa, recrimina a Romualdo por escuchar al abad y le anuncia que rompe para siempre toda comunicación con él.
El relato finaliza con el anciano Romualdo agradecido por haber salvado su vida y su alma, pero lamentando todavía su separación de Clarimonda.

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