miércoles, 24 de agosto de 2011

Cronica de la Noche de Colm Tobin


Cronica de la Noche 
de Colm Tobin 
Emece - Argentina - 1998

Sexo y muerte en la Argentina de los años de plomo


Comentario por MARGARA AVERBACH  La madre de Richard sabe perfectamente quién es: sueña con una Inglaterra inexistente que incluye toda la pompa de un país imperial del cual ella forma parte por derecho. En cambio, Richard tarda mucho en definirse. Sólo al final, el personaje entiende quién es. Y lo que es tiene la ambigüedad de los que viven en la frontera: le lleva todo el libro confesarse que es un inglés que se esconde a sí mismo que es argentino y un argentino que se esconde a sí mismo que es inglés.Los dos o tres mundos separados de Richard describen un Buenos Aires que mira para el otro lado mientras su gente desaparece en tiempos del gobierno militar y que más adelante hace la vista gorda frente a complots políticos de toda clase. Justamente el complot es el centro de uno de los mundos de Richard: el que lo relaciona con la Embajada de los Estados Unidos, donde funcionarios y agentes arman y desarman la Argentina en reuniones secretas y fastuosas. Ellos son los que deciden las privatizaciones, ellos son los que ponen dinero para las campañas de los candidatos a la presidencia después de los militares, ellos eligen los futuros gobernantes y los futuros ministros de Economía, ellos arman y destrozan la vida de gente que ni siquiera los conoce. Mientras tanto, Richard y sus amigos y sus novios gay y sus parientes pobres de La Pampa, viven como piezas en el tablero de ajedrez, esperando ser utilizadas cuando llegara el momento. La sensación de ser instrumento de maniobras que no se comprenden del todo es lo mejor de Crónica de la noche. La forma en que los funcionarios del FMI y los de la Embajada manipulan ciertos resortes del país, vista entre bambalinas por un personaje que es apenas un pinche en ese mecanismo. Ese personaje descubre que los funcionarios tienen espacios secretos que el público, la gente, no ve y que debajo de lo visible está el verdadero iceberg. Ese descubrimiento es la parte más emocionante, más profunda de la novela, la parte central.El problema es que la novela de Tóibín es, en cierto modo, como su personaje: empieza por ser una reflexión netamente política, casi histórica en el sentido de apelar al conocimiento que pueda tener el lector de los personajes públicos argentinos de los últimos cuarenta años y termina convirtiéndose en otra cosa completamente distinta: una novela sobre el sida y en cierto modo, una historia de amor. Ahí es donde falla. Aunque la historia que cuenta el narrador es interesante, verosímil, extraña, y refleja la Argentina desde la doble distancia del homosexual y el inglés extranjero, el giro brutal hacia el problema del sida la convierte en una novela que debió ser dos, y no una. Las metáforas que hablan de esa doble personalidad en el personaje no alcanzan para justificar este cambio y la sensación final es de desconcierto. Una pena porque los capítulos del comienzo son profundos y tristes y los centrales, inteligentes, agudos y llenos de misterio.  

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