lunes, 15 de marzo de 2021

Ruda macho (la biografía del Virgencito), de Enzo Maqueira

 


Ruda macho (la biografía del Virgencito), de Enzo Maqueira

Al Virgencito “Siempre le habían interesado las cosas que no son de este mundo”. Se trata de un chico criado en un colegio de curas, en el cual, en medio de rezos y amenazas de condenaciones eternas, impera un clima cultural retrógrado. Él se cree un iluminado de Dios capaz de vislumbrar el futuro, sanar enfermos, cambiar el destino de la gente, dañar a distancia a sus enemigos y otras proezas por el estilo. Es decir, anhela convertirse en un curandero, un hechicero, un santón o cómo se lo quiera definir.

Y, al principio, parece capaz de forjar esas  premoniciones, de elaborar pócimas curativas y, así, poco a poco, ir introduciéndose en los ritos del esoterismo -incluso de la magia negra-, o sea en el mundo sobrenatural.

Enzo Maqueira (Buenos Aires, 1977), responsable de Cortázar, de cronopios y compromisos (2003), El perseguidor de la libertad (2004) e Historias de putas (2008), logra, a través de una excelente prosa, diáfana y precisa, referir la personalidad de este aprendiz de brujo, y describir su extraño mundo interior y su sensibilidad enfermiza. El autor demuestra poseer un gran conocimiento sobre el tema, pero para ello no recurre a explayarse sobre la santería, los yorubas y el sincretismo –temática en la que sin duda ha profundizado-, sino que prefiere bucear en su experiencia personal, más precisamente en su paso por un colegio religioso donde no sería aventurado suponer que ha conocido a este tipo de personaje. De ahí que la construcción del Virgencito sea convincente, como también la de su maestro, el Coya, que habla de “la materia, de las partículas, del átomo y de los neutrones y electrones”, intentando concederle al ocultismo una dimensión científica.

El Virgencito fagocita a los demás personajes (N., Manuel, Macarena, el padre Anselmo, el Hermano Vicente) y le permite a Maqueira cincelar  un fiel registro del perfil psicológico de tan singular protagonista. De esta manera impregna la novela de una atmósfera opresiva y claustrofóbica que adquiere formidables matices oníricos.

Ruda macho aporta una contundente epifanía final: toda esa verborragia de los personajes en torno al mundo de los espíritus alojaba en el fondo una contenida y desesperada homosexualidad.



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