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La brasa en la mano de Oscar Hermes Villordo

La brasa en la mano
de Oscar Hermes Villordo 
LIBRO NUEVO
Coleccion Rescate - Chaco - 2010

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Por primera vez desde su primera edición en 1983, vuelve a publicarse La brasa en la mano, la novela de iniciación de Oscar Hermes Villordo en la que diseña toda una cartografía del deseo homosexual en los años ’50 y con la que patea el tablero tanto de su propia literatura como del modo sesgado y estetizante con que se venía tratando a la sexualidad disidente entre otros autores argentinos. Pero además, esta nueva edición tiene el valor de ser promovida por el Instituto de Cultura de la provincia del Chaco para su colección Rescates, devolviendo así el legado de este escritor que murió de sida en 1994 al patrimonio literario de su provincia natal. Como anticipo exclusivo, éste es el prólogo de la obra que será presentada mañana en la feria del libro chaqueño.

En un cuento de Misteriosa Buenos Aires, Manuel Mujica Lainez imaginó un espejo de-sordenado. Es un espejo veneciano, Venecia es tierra de hechizos y embrujos. Como si fuera un reloj, el espejo atrasa o adelanta las imágenes reflejadas en él. La luna del espejo tarda en devolver la imagen, como si ésta surgiera de lo más hondo del agua quieta. O por el contrario, se acelera y muestra algo que aún no ha sucedido, no se ha reflejado. El espejo tiene un efecto retardado, o adelantado. Es turbio. Está desordenado.

Pues bien: es una hermosa e inquietante metáfora para definir la relación de Oscar Hermes Villordo con Manuel Mujica Lainez en particular y en general con otros escritores ricos y aristocratizantes, con la derecha liberal y con la revista Sur. Plebeyo entre los patricios, biógrafo de varios autores de linaje (Mallea, Bioy, Manucho, Victoria Ocampo), pateó el tablero con una novela realista y antiestetizante sobre la homosexualidad como fue La brasa en la mano, un insólito e importante best seller de la apertura democrática, publicado en 1983; rompió el culto de la elegancia y la referencia sexual elusiva a lo Pepe Bianco. Aunque esto no significó una forma de traición, en absoluto. Simplemente vivió en una relación contradictoria y productiva con la elite literaria.

El deseo –sentirlo, vivirlo, narrarlo– fue el motivo del espejo empañado y turbio, del desfase. No rompió el espejo, no trajo la desgracia. Sí señaló las zonas grises, la desdicha de los personajes sin defensa, la absoluta intemperie de lo marginal.

“El Myriam terrible había aparecido” escribió en La brasa en la mano en referencia a su alter ego en la novela; “el que por obstinación, porque conocía, porque no quería renunciar, se acostaba en el balneario con los guardiamarinas, los bañistas, el último borracho del bar, el chofer que

iba a orinar en el yuyal, el primer encontrado, los prostituidos que acaban por desear otro cuerpo, los estibadores de la madrugada, el enfermo escapado del hospital, el muchacho perdido, los desocupados que lo llenaban de bichos y se peinaban con el pañuelo atado al cuello para no salpicarse; todo eso que está al margen y era la ola de su balneario que aparecía y desaparecía según los reclamos de las cárceles, los hospitales y la policía”.

Villordo no rompió el espejo pero sí lo de-sordenó. Seguir leyendo en http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/soy/1-1247-2010-02-26.html

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