sábado, 13 de abril de 2013

El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde


El retrato de Dorian Gray 
de Oscar Wilde 
Bruguera - España - 1975
Edicion de Lujo

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El genial Oscar Wilde (1854-1900) quiso hacer de la belleza un refinamiento de la inteligencia, y para ello creó a uno de sus personajes más famosos Dorian Gray, un hombre que encarna el mal y su castigo. El retrato de Dorian Gray es una de las piedras angulares en los debates entre la ética y la estética, el bien y el mal, el arte y la vida. Un clásico de la literatura que sigue asombrando a todo tipo de lectores.
Edición especial Austral de una de las novelas más importantes y significativas del siglo xix que desde siempre ha despertado el interés de todo tipo de público.

Fragmento
“…Algunos nos hemos levantado una vez antes de amanecer, después de una de esas noches de insomnio que casi nos llevan a enamorarnos de la muerte, o de una de esas noches de horror y de alegría deforme en las que desfilan por las cámaras del cerebro fantasmas más terribles que la misma realidad, y que son como la vida que se oculta en lo grotesco y que le prestan al arte gótico su tolerante vitalidad, por ser el arte de aquellos cuyas mentes se han visto perturbadas por la enfermedad de la fantasía. Unos pálidos dedos trepan lentamente por los cortinajes, y parecen temblar; sombras mudas se deslizan por los rincones del cuarto con sus formas oscuras y fantásticas, y allí permanecen agazapadas. Afuera se oyen los primeros trinos de las aves entre el follaje, o el ruido de los hombres que salen a trabajar, o el suspiro y los sollozos del viento que baja de las colinas y que vaga alrededor de la casa silenciosa como si temiera despertar a los durmientes que necesitarían llamar otra vez al sueño y sacarlo de su gruta purpúrea. Uno tras otro se alzan los velos de gasa y gradualmente los colores y las formas de las cosas regresan a ellas, y presenciamos el amanecer que le devuelve al mundo su viejo patrón. Los apagados espejos recobran la vida mímica. Los apagados candiles están donde los habíamos dejado, y junto a ellos el libro a medio leer, en el que habíamos estado estudiando, o la flor que habíamos lucido en el baile, o la carta que habíamos temido leer o tantas veces leída. Nada nos parece haber cambiado. De las sombras irreales de la noche regresa la verdadera vida que conocíamos. Hay que reanudarla allí, donde la habíamos dejado, y sentimos la necesidad de continuar alentando la energía con la fatigada repetición de los mismos hábitos estereotipados, o también, al abrir los ojos un día, con el deseo irracional de encontrar un mundo que ha renacido en la oscuridad para nuestro placer, un mundo en el que las cosas tendrían nuevas formas y colores, y serian distintas, o donde guardarían otros secretos, un mundo en el que el pasado no tendría lugar, o tendría uno pequeño, o sobreviviría de manera inconsciente, sin obligación o remordimiento, pues hasta el recuerdo de la alegría tiene su amargura y los recuerdos del placer su propio dolor…”


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