jueves, 21 de marzo de 2013

El resentimiento - Los ensimismados - La falacia de Eduardo Mallea


*El resentimiento
*Los ensimismados
*La falacia 
de Eduardo Mallea
Edicion de Lujo
Sudamericana - Argentina - 1966

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Las tres novelas de este tríptico —escritas en épocas distintas —traducen tres conflictos. El primero es un conflicto del hombre con el medio; el segundo, un conflicto del hombre con su propio corazón; el tercero es un conflicto del protagonista con el universo. Los tres protagonistas —una figura delirante que aspira a ser poeta y está en perpetuo sueño con cierta ilusoria magnitud, a quien rodean otros obsesos inmersos en sus propias pasiones; un plantador de árboles arrebatado por su dramática obsesión de bosques y praderas, amén de otra sombría y constante pasión; un espíritu disidente, en fin, que se rebela a nivel trágico frente a las evidencias del mundo actual— aparecen, para usar las palabras de las Escrituras, "cazados en el tiempo malo", presas del combate de sus quimeras individuales con la realidad.


Esas obras de más vasto alcance permiten conocer su idea del hombre y del mundo en el que le tocó vivir, y no sólo del hombre y del mundo de la Argentina y de América. En La falacia, por ejemplo –novela corta que el autor incluyó en un volumen titulado El resentimiento (1966), escrita en un período en que Mallea se había consagrado absolutamente a su obra narrativa–, el protagonista, Augusto Daza, se plantea obsesivamente cuestiones de encrucijada. Advierte que el mundo muestra signos de profundo cambio, por lo cual ciertos antiguos valores, como honor, verdad, justicia, humanidad, equidad, han comenzado a descubrirse inoperantes. “Los que habían pensado como Augusto, con espíritu de desprendimiento y una idea pura y positiva del hombre, se despertaron como de un sueño; y el despertar fue dramático”. Se toparon con “el vapor frío de un nuevo cinismo”.

Aquellos términos morales en que Augusto se había formado y que ahora se usaban como entidades sin contenido, abusivamente, habían sido reemplazados por una “moral astuta y depredadora, descaradamente cínica”. Llevado por ese proceso de desilusión, cansado moralmente, Augusto resuelve partir a la costa del mar, con su mujer. En ese ámbito que evoca la génesis del planeta, entre cielo y abismo, Augusto encara las máximas cuestiones, se rebela contra la justicia divina, contra un estado universal de fraude, pero, abrasado por la conciencia crítica, se hace cargo también de su responsabilidad y de su culpa frente a la injusticia.

 “¿Era eso el mundo? Arrogancia, ambiciosa riqueza, indiferencia, injusticia, desdén por los valores reales, distracción ante la sufriente inocencia, y callada, cruda sequedad”. Los caminos de la vida dan al hombre la posibilidad de la fe, la rebelión o la desesperanza. La fe le está vedada a Augusto. La rebelión le exige una fuerza que ha perdido. Sólo le queda la desesperanza, que lo lleva a la muerte voluntaria. Entre el cielo y el abismo del mar, opta por el abismo. Unas breves palabras explican su determinación: “A la aceptación de la infinita injusticia he elegido mi no”. Por medio de su personaje, como en otras obras suyas, el autor de La falacia examina con severidad y desconsuelo el mundo en el cual está inmerso.

Mallea no fue sólo un paradigma de su generación y de su país, sino también el exponente de una época conturbada por atroces guerras civiles y mundiales y por regímenes despóticos, de derecha o de izquierda. Como tantos intelectuales y artistas del siglo XX, de los que fue digno contemporáneo, Mallea reaccionó oponiendo a la disolución los valores de toda una cultura. Pero, como su personaje Augusto Daza, vio con dolor que esos valores ya no eran fuerzas motoras y que el cinismo más destructor –para él intolerable– había invadido las mentes. ¿Será este cinismo la única posibilidad de subsistir para las nuevas generaciones de Occidente, después del gran descalabro de sus ideas y creencias?

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