martes, 25 de octubre de 2011

En mi jardin pastan los heroes de Heberto Padilla


En mi jardin pastan lo heroes 
de Heberto Padilla 
Argos vergara - España - 1981

Es indudable que esta novela oculta mucho más de lo que revela. Como toda obra que resume un drama, se propone como un misterio literario cuyas claves son insospechables. Sin embargo, es una historia simple y circular, como el primer diseño del horror. Un escritor, Gregorio Suárez, narrado por el novelista, narra a su vez la vida iracunda y desesperada de un hombre en la trampa: ese sueño del perseguido que siempre acaba por no ser un sueño. Pero este hombre, Julio, es también el alter ego del narrador y del novelista; todos asumen los papeles infinitos e intercambiables de la mutación anímica: son la víctima y el victimario, el intelectual crítico y el político que lo aplasta. Novela sobre héroes, paradojicamente no tiene héroes. En ella nadie lo es, salvo la gran amenaza que se cierre constantemente sobre los personajes. A lo más pretende reflejar el clima sicológico de un intelectual que vive en medio de la revolución cubana y osa interrogarse sobre ella. En mi jardin pastan los héroes logra que una experiencia traumática, vivida en una de esas "hogueras de la Historia", en las que el yo desaparece para dar paso a las monotonías colectivas, se eleve a la categoría de gran literatura. El yo dividido, o mejor, roto en mil pedazos, se niega a fomar parte de las nuevas justicias. Este hombre no quiere renunciar al ejercicio de la reflexión, aunque sabe que toda crítica, como en un espejo, puede apuntar a aquel que la formula. Esta ausencia de maniqueísmo, que nos muestra claramente cómo en este tipo de procesos nadie es inocente, es lo que otorga a En mi jardín pastan héroes esa atmósfera asfixiante, irreparable, que hace dudar del valor de las convicciones, de la vigencia de las ideas, de las necesidades del terror. Sin embargo, Gregorio Suárez piensa que "el verdadero personaje de una novela es el idioma" y al fin su pregunta queda reducida a una apuesta: la escritura debe aspirar a la duración, a una duración que si bien desdeña los "casos" particulares como el de Julio, también desdibuja la faz de los tiranos.

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